Debido a la pandemia de COVID-19 que ha infectado a cerca de un millón de personas y cobrado la vida de al menos 50 mil, se ha vuelto imprescindible el uso de cubre-bocas o respiradores purificadores de aire en aquellas personas que portan la enfermedad o que están en contacto con alguien que la padece. 

Si bien, hoy en día se cuenta con la tecnología para fabricar respiradores capaces de filtrar hasta el 99.97% de las partículas del medio ambiente, la primera patente estadounidense de un respirador tiene más de 170 años. 

En 1849, la Oficina Estadounidense de Patentes le concedió a Lewis P. Haslett, la Patente No. 6529, la cual pasaría a la historia como la primera patente de un respirador purificador de aire. La invención de Haslett constaba de: i) una pieza preformada que se colocaba en la nariz o boca del usuario, en la que se alojaban un par de válvulas unidireccionales; ii) un tubo, en forma de codo, que interconectaba la pieza preformada a un elemento filtrante; y, iii) un elemento filtrante, hecho de lana humedecida o una sustancia porosa similar, el cual se encargaba de filtrar las partículas de polvo del ambiente. 

A la patente de Haslett le siguieron numerosas invenciones (también protegidas) que involucraban respiradores con fibras de algodón para mejorar la capacidad filtrante y carbón para la absorción de vapores venenosos.

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